CRÓNICAS DEL ANDARIEGO DESVENTURADO:
LA EPOPEYA DEL PATINAZO FATÍDICO
No hubo en la historia de los infortunios, tropiezo más infausto ni caída más estrepitosa que la que, por designios caprichosos del destino, aconteció en la ilustre villa de Jerez de la Frontera. Iba el andariego (que no sería yo) errante y absorto en sus pensamientos, cuando la pérfida conjura de la humedad y la traición del albero por el que andaba, ejecutaron su felonía
Oh! ignominioso instante!! Los pies, que hasta entonces le habían servido con lealtad inquebrantable, decidieron apartarse de la senda del equilibrio, y en un acto de vil insurrección, se deslizaron con un brío digno de caballos jerezanos desbocados. La gravedad, cual fiera indomable, le reclamó como su presa y en un suspiro, se vio lanzado hacia el abismo del ridículo
El impacto fue tal que hasta los gorriones, testigos involuntarios de su desventura, detuvieron su canto para contemplar su postración
Cayó con estrépito, cual noble caballero abatido en justa desigual, con el trasero como única armadura y el orgullo herido de muerte.
Menos mal que pocos habían curiosos pululando por el parque conteniéndose carcajadas
Más sí en aquel momento, creyó que su fiel compañero hidalgo, acudiría en su auxilio con presteza, pero pronto la realidad lo abofeteó con cruel ironía. Permaneció impasible, cual esfinge de mármol, contemplando su desgracia sin el menor atisbo de conmiseración. Tal vez esperando que se erguiera con su propio esfuerzo, o quizás meditaba sobre la futilidad de los actos heroicos. Sea como fuere, el costalazo del andariego no le arranco un solo movimiento en su socorro.
Fue entonces cuando por obra y gracia del azar, un gentil transeúnte, testigo involuntario de su desdicha, se apiadó de su lamentable figura, y con un ademán digno de los más nobles caballeros de antaño, tendió su mano para alzarlo de su derrota. Así, con la dignidad hecha añicos pero la gratitud latiendo en el pecho, volvió a erguirse habiendo ya probado el duro suelo jerezano.
Esta debacle de desdicha y honra, dejó tras de sí las secuelas dignas de un campo de batalla. Los días posteriores eran un desfile de lamentos, pues cada músculo de su cuerpo parecían haber tomado venganza por aquel desdichado desliz. El simple acto de apoyar sus posaderas era una empresa hercúlea, cada escalón, una afrenta personal
Finalmente con el tiempo y la resignación de aliados, el dolor del enfrentamiento con la gravedad, se disipó como la bruma al alba, y aunque la herida física sanó, la memoria de aquel infortunio aún perdura escrita en las páginas de esta crónica para que la historia jamás olvide la gloriosa epopeya del patinazo fatídico
Moraleja
Demostrado ha quedado que la gravedad no entiende de andariegos ni dignidades. Así que, si el suelo os reclama con ímpetu, no os resistais en vano, procurar solo estrepitaros con cierta dignidad. Y recordad que no es lo importante cuantas veces besamos el suelo, sino quién nos ayude a levantarnos.
Aprendida queda la lección: desconfiad de suelos traicioneros y de la resistencia de vuestras posaderas ante el infortunio
PD/ Recordar que el andariego no era yo..
Has sufrido alguna vez algún descalabro memorable o legendario digno de un relato?
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